Television.com.ar: El Estado como dueño del evento (Magdalena Paoppi 1º C)

Fuente: www.television.com.ar

El Estado como dueño del evento

Piñera sonreía operativamente, mientras Cristina mantenía su gesto adusto y se tocaba el corazón para responder al aliento de sus fieles. Los canales chilenos reprodujeron la primera imagen tomada por la cámara oficial, y las señales argentinas hicieron lo propio con la segunda escena. Y para despuntar el vicio de la producción “independiente”, sólo quedó el afuera.

Las cámaras dispuestas por ambos estados fueron como una especie de “vigilante” aleccionado, poniendo el ojo sobre cada uno de estos panópticos (espacios preparados para ser captados desde un solo punto): la mina San José, en el primer caso, la Casa Rosada, en el otro.

La posibilidad de colocar cámaras propias le fue vedada al resto de los canales, que se vieron obligados – debido a la imprescindibilidad de cubrir ambos sucesos – a tomar y reproducir el material ajeno; es decir, a no poder poner un maestro de la casa a dirigir la propia ceremonia.

Quedó traslucido el trabajo realizado por cada uno de los Estados – el trasandino y el local- para concretar un trabajo de producción favorable a sus imágenes gubernamentales y a sus intereses, y funcional al recorte que ellos querían hacer ver.

El mensaje direccionado por Piñera fue “milagro”, “trabajo”, “unión” y “fuerza”, y el de Cristina, “angustia”, “dolor”, “patriotismo” y “fidelidad”. Lo logró el gobierno chileno, y lo logró el gobierno argentino.

El primero mostró la “ruta de la vuelta a la vida” y la tiñó de rojo y azul, para que el mundo supiera que el milagro se llamaba Chile. Y el segundo, abrazó de celeste y blanco el féretro del líder caído, para lograr una simple ecuación: país = actual gobierno.

Él se pasó horas al pie de la mina, aguardando la llegada de los mineros, y repartió besos y felicitaciones por doquier. Ella también paso horas al lado del cajón, observando el desfile de militantes, y repartiendo “gracias” y besos voluntarios.

La emoción no faltó en ninguna de las dos plazas: en una por lo que volvía, y en la otra por lo que iba. Todo se vio.

Entremedio, las otras cámaras capturaban testimonios de algún familiar de “los 33”, o de algún peronista desahuciado por la pérdida, pero con rápida vuelta, porque era la imagen oficial la que tenía en sus manos lo que todos querían ver.

Así, nacida de las entrañas de dos hechos fortuitos, esta nueva tendencia de poder demuestra cuán importante es para los Gobiernos tener la potestad del ojo que ve todo lo que se quiere que se vea.

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